“¡Qué maravilla!”

Le salió del alma. Cuando Grígori Sokolov, dios del piano, acabó en el más subyugador silencio los últimos compases de la Segunda balada opus 10 de Brahms, un espectador rompió la quietud impuesta por la magia del Arte y su mejor servidor. “¡Qué maravilla!”, exclamó el vecino de butaca. Fue una aclamación silenciosa, íntima. Como dicha para sí mismo, salida del ánimo más que de la razón. Quizá este suspiro sea el reflejo más fiel de lo que estaba pasando y pasó durante esta nueva visita de Sokolov al Palau de la Música.